El aspirante

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Media sonrisa de satisfacción, seguida de una leve tos nerviosa y el gesto de llevarse la mano a la boca, como buscando protegerse de las decenas de cámaras que le tenían en ese momento bajo su punto de mira, fue la primera reacción de Albert Rivera tras saludar a los reyes Felipe y Letizia en la recepción oficial del día de la Hispanidad. En el palacio de Oriente, donde el 12-0 se congrega en pocos metros cuadrados el poder del Estado, este joven nacido en 1979 en el popular barrio de la Barceloneta, a quien sus compañeros de partido motejaron hace diez años el Niño, cuando casi por casualidad se puso al frente de Ciutadans -una aventura de cuyo futuro entonces dudaban propios y extraños-, se convirtió el pasado lunes en el protagonista de los corrillos y charlas de los 1.500 asistentes al solemne acto. Sigue leyendo

Los reclutas de La Seu

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El desfile militar del 12-O me transporta a los días de verano en La Seu d’Urgell, junto a mis abuelos y el gato Miski, cuando los reclutas que estaban cumpliendo el servicio militar marchaban por el centro de la avenida Saloria de camino al cuartel de Castellciutat, después de un ejercicio matutino. Su presencia se anunciaba minutos antes con el rumor lejano que sus botas provocaban en el asfalto. Sigue leyendo

Noche de tanteo

Van tanteado el terreno. Ninguno de los dos quiere cagarla esta noche. Están más cerca de los 50 que de los 40 y apostaría a que acumulan años de soledad y fracasos. Se interrogan con preguntas superficiales -en que trabajas, qué te gusta hacer los fines de semana- en la que parece ser su primera cita. Han escogido un italiano elegante pero de precio moderado, situado en el centro de Barcelona. Aunque anodina, la cena avanza sin grandes sobresaltos hasta que él, camisa morado Podemos, tejanos azules, responde a uno de los comentarios de ella con un: “sí, señora”. La mujer deja caer los cubiertos con un gesto teatral e indignada pregunta: “por qué me llamas señora?”. El hombre se pone colorado. no comprende muy bien el porqué de su enfado y busca una salida airosa en las peculiaridades autóctonas. Ella es venezolana. “Es una manera de hablar que tenemos. Aquí en Cataluña se utiliza mucho”, asegura. La mujer no parece muy convencida: “creo que me lo dices porque soy mayor y gorda”. El hombre calla y ella aleja la copa de vino y llama al camarero: “por favor, una botella de agua”.

Aeropuertos

Los aeropuertos son con las estaciones modernas de tren y los mcdonalds uno de esos no-lugares fascinantes. En cualquiera aeródromo puedes presenciar en directo y totalmente gratis escenas de amor y odio; tragedias y comedias, tristes despedidas y apasionados reencuentros. Ver desfilar a las mujeres más bellas y elegantes y a los más redomados horteras… Cruzarte con delincuentes de maletín y corbata, seguidos de buscavidas de mirada perdida. Esta noche, sin embargo, en la vieja terminal de El Prat, condenada a los vuelos serie B, todo es silencio, vacío, frío y mochileros durmiendo en el suelo… Como aquella madrugada en la estación central de Roterdam en la que añoramos por primera vez en mucho tiempo nuestras camas.

Nuestros demonios

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La sucesión de mujeres asesinadas por sus parejas nos coloca a los hombres ante nuestros peores demonios. Es difícil no sentir vergüenza de género, nauseas, indignación… Durante años rechacé el concepto “violencia machista” al parecerme un puro ejercicio de reduccionismo. Detrás de cada asesinato, cada paliza, pensaba que tenía que haber una explicación “racional”, ya fuera el alcohol, la marginalidad, las enfermedades mentales… Pero esa larga y fría lista de víctimas, más de 1.000 mujeres asesinadas desde 1999, los titulares que apenas duran dos días en primera plana, aumentan sin cesar pese a las campañas de prevención y las nuevas medidas judiciales… Y nos coloca a los hombres ante la urgente obligación de buscar entre nuestros fantasmas y demonios las atávicas causas de esta lacra

Correos olvidados

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En una noche de melancolía y alcohol me topo con la carpeta de borradores del correo electrónico. Es la primera vez en muchos años que la abro y para mi sorpresa descubro una serie de viejos mensajes, fechados en 2005, 2007 y 2008, que estaba convencido de haber enviado. Los vuelvo a leer muy lentamente. Los recuerdos se amontonan. Me sorprende la voz ingenua de mis escritos. A duras penas me reconozco. Sufro una mezcla de sensaciones. Dudo. No sé si ahora me alegro de no haber hecho llegar a sus destinatarios aquellas cartas o lo lamento. Me pregunto si tomé voluntariamente esa decisión o fue fruto de un descuido; si mi vida sería muy diferente o habría seguido el mismo curso que me ha traído a esta madrugada de fantasmas. Pienso con algo de tristeza en aquellas personas que, quizá, esperaron mucho tiempo en vano mi respuesta, como yo pude aguardar que me contestaran esos correos que, sin saberlo o no, se fueron ordenando lentamente en la carpeta de borradores.

30.000 kilómetros

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No es joven, ni alto, ni nuevo,  ni el más fotogénico… No lidera uno de los partidos emergentes y su dilatada trayectoria política –milita en el PSC desde 1977, siempre tocando poder– podría situarlo en eso que algunos llaman “casta”. Tampoco su fina ironía casa bien con los libros de estilo de las tertulias televisivas, catapultas posmodernas al cielo de la popularidad en las que Albert Rivera, Pablo Iglesias y Alberto Garzón copan todas las sillas. Inconvenientes en tiempos de “nueva política” que Miquel Iceta ha decidido combatir, desde que asumió la primera secretaría socialista, con una receta tradicional: recorrer de arriba a abajo Catalunya y hablar con la gente. Sigue leyendo

La vieja Olivetti

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57.Mucha gente pierde a menudo los papeles, yo pierdo las servilletas en los restaurantes y los calcetines en la lavadora.

38.Sentado en el suelo, junto a la parada de autobús, el niño parece inquieto y temeroso. Va vestido de futbolista: botas de tacos cortos,  pensadas para agarrarse en el césped artificial, pantalón negro, camiseta verde y blanca. No parece muy feliz con su inminente cometido. Su madre, sí.

-Vamos, levántate, ya llega el autobús-, le dice a su futbolista, que sigue sentado, mirando al suelo.

-Joan, esta noche he soñado que al fin ganareis un partido, exclama la madre.

Un vaticinio que no le despierta un gran entusiasmo. El pequeño Messi arquea las cejas y con un cinismo infantil responde en voz baja: -¿Tú crees? Sigue leyendo

Lecciones en rojo carmín

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12. No tardé mucho tiempo en descubrir que para bien o para mal las mujeres iban a marcar el resto de mi vida. A los dos años, tres meses y un día, en el oscuro patio de una guardería del ensanche, se me ocurrió besar en la boca a la niña de los labios pintados de rojo carmín. Ese gesto, más impulsivo que romántico, despertó la reacción iracunda de una monja con uniforme laico y ansias castradoras.

Fui de inmediato agarrado por el pescuezo, arrastrado entre improperios y encerrado en un pequeño y húmedo lavabo, que, recuerdo bien, hizo las veces de mazmorra pestilente: olor a meado, caca, colonia Nenuco y vieja humedad. Opuse resistencia, eso sí: pataleé sin entender muy bien las razones de ese encierro, no comprendía que aquel castigo se debiera a  un simple beso, uno de esos gestos que cada protagonizaban en las sesiones de tarde sabatinas el espadachín en apuros, el aguerrido vaquero, el pirata bravucón… Sigue leyendo

Soñé que estaba vivo (8)

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“El griego mathos vino a buscarme”, por Sergio Heredia

Dicen que se pierden los caseríos, tan dispersos como se encuentran en el Camposanto. Que los hay solemnes y los hay derrengados. El anciano Saldaña conoce algunos. Si le preguntas, te hablará de uno, francamente misterioso y taciturno, enclaustrado en el rincón más escondido de la región. Se llamaba “La morada del soñador”, y en él vivía a solas el viejo Mathos, que era griego y rico. “El más rico de todo el Camposanto y de buena parte del resto del mundo”, decían, quién sabe basándose en qué. Y es que por ahí corría un rumor. Se contaba que el viejo Mathos, perennemente recluido en el caserío, tenía en propiedad casi toda la región; que se la había comprado a un ministro que vivía del otro lado de las montañas de la Luna. Se contaba también que el tipo era tan grande como un oso, aunque este rumor era infundado: apenas nadie le había visto nunca. En realidad, los pocos que alguna vez lo habían hecho, y entre ellos Saldaña, le habían descrito más bien menudo, y de andar algo encorvado. Sigue leyendo

Modiano en el supermercado

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1. No tenemos chocolate en casa. Suenan las alarmas. La mirada de F señala la gravedad de la situación y a pesar del viento y el frío no tengo otra opción que ir al Opencor del paseo Sant Joan. En este abrevadero de urgencia para solteros, turistas, adolescentes con acné y mujeres abandonadas me espera una imagen tan inesperada como sobrecogedora: en la sección de libros, a ras del suelo y junto a un best seller de Julia Navarro y algo (¿un ensayo?) de Sala Martín, el economista de americanas kitsch y verbo independentista, veo dos obras de Patrick Modiano, “El callejón de las tiendas oscuras” y la “Trilogía de la Ocupación”. Es un golpe bajo para los modianescos. Cuando descubrí hace ocho años al sutil escritor parisino, casi de casualidad, y lo empecé a leer furtivamente, con la emoción del que se adentra en un texto hermético que te hermana con unos pocos lectores, con sus personajes turbios y atmósferas evanescentes de un París eterno, buscando sus novelas descatalogadas en libros de viejo y en páginas web, pensar que se vendería un día en un supermercado hubiera sido considerado una afrenta. Supongo que es el peaje obligado de ganar el premio Nóbel, con su lluvia de billetes, reconocimientos públicos y reportajes mil.  Al fin y al cabo, aparcados de una vez nuestros sueños infantiles y delirios de grandeza, todos somos una mala novela de quiosco. Sigue leyendo

Soñé que estaba vivo (7)

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EL SUEÑO DEL CAMPOSANTO, por Sergio Heredia

Fui a preguntarle al anciano Saldaña:

-¿Y para qué están esos diez molinos que se agitan al pie de las montañas de la Luna?

-Son cosas de tu padre, el gobernador –me contestó.

-Pero, ¿para qué sirven?

-¿Y yo qué voy a saber? –me replicó el anciano, irritándose. ¿Qué van a hacer allí? Pues decorar el paisaje, tal vez. O representar el progreso, todo aquello que, según dicen, se extiende del otro lado de las montañas de la Luna. Pero déjame que te cuente lo que fue a sucederle al pobre Matallo, el mecánico, el día en que las aspas de los molinos dejaron de girar.

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